Del paro a empresarios de la impresión 3D

Redacción
Miércoles, 04 Septiembre 2013

Vitbay significa, en vietnamita, tornero volador. Uno de los originales diseños con que sorprendió uno de los mayores inventores de la Historia, Leonardo da Vinci. Como homenaje al genio florentino, dos emprendedores vallisoletanos se lanzaban a un proyecto singular y único en Valladolid: la impresión en tres dimensiones y el desarrollo de prototipos de todo tipo: industrial, de maquetas, modelismo, sanitario...

La empresa abría el telón  de la mano de Andrés Valbuena, delineante, y Antonio Alonso, ingeniero técnico industrial, que habían coincidido en su anterior trabajo, aunque cada uno en una compañía diferente. «Hace dos años, necesitaba una pieza, y un compañero me dijo que podía imprimirla en 3D», explica Andrés. Ahí surge este proyecto, porque en 2012 nuestro protagonista se queda en paro y contacta con Antonio, que se acerca a internet para saber más de esta tecnología y acaba cautivado con un video sobre una niña que padece una atrofia en los brazos, que le impide levantar ambas extremidades. Con la técnica de la impresión en 3D, una empresa americana ha conseguido fabricar una prótesis para ella, y su vida es otra.

Andrés y Antonio, tras engrosar las listas del Ecyl, apuestan fuerte, capitalizan su paro y con los ahorros que tenían abren Vitbay. Tras informarse concienzudamente, adquieren una máquina con tecnología puntera, que permite hacer todo tipo de prototipos. Un aparato que brilla por su calidad y específicidad que, explican, puede costar 50 veces más que impresoras caseras que ya se comercializan. Si bien, son conscientes de que, «llegará un día en el que todo aquel que quiera pueda disponer de una impresora en tres dimensiones». Por ello, explican, «hemos centrado el proyecto en pequeñas empresas, fundamentalmente, en el mundo industrial, aunque la ventaja de las 3D es que son polivalentes, podemos tener clientes que se dediquen a la arquitectura, a la ingeniería, a aficionados a modelismo».

Labor comercial

Ahora bien, los comienzos, como ocurre en casi todo, no son sencillos: «llamas a una empresa, les hablas de impresión en 3D y piensan que es en dos dimensiones para verlo con gafas... ¡no! Se trata de conseguir objetivos físicos en plástico o resina plástica, en diferentes tonalidades, que se pueden tocar. Si bien, la proyección del negocio es buena a su entender, porque «es muy útil, puede abrir vías de trabajo, y resulta más barato producir que con otros medios, claro está, siempre que no se haga en serie. Nosotros hacemos los prototipos», explican.

En este sentido, siempre que se exige la elaboración de algo novedoso, las empresas aportan clausulas de confidencialidad, y llevan a cabo un sencillo seguimiento: «a través de la pantalla del ordenador se ve lo que se necesita, y una vez que se tiene en mano se concreta si es mejorable o no, aunque las copias son totalmente fidedignas».

Otra ventaja de estas impresiones es que suponen un ahorro de tiempo, ya que, «de un día para otro tienes el diseño. De otra manera, has de ir al tornero, mecanizar, cortar por láser... aquí se monta todo, y el coste de modificar errores es pequeño». En resumen, apunta Antonio, «trabajamos de manera más moderna, económica y rápida».

En el debe, ambos critican que «hay un problema con el rango de edad de más de 35 años, pese a ser el más activo, porque mucha gente que podría ser emprendedora se queda en el camino». Por ello, afirman, «se pierden la mitad de las ayudas, porque la lógica es que el menor no tenga ni experiencia ni ahorros para arriesgarse».

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País: España